Me llamo Lucy Barton

Autor: Elizabeth Strout. Editorial: Duomo Ediciones. Páginas: 209.

Puentes que tender

Me llamo Lucy Barton es un libro muy rico. Atrapa al lector sin problemas ya que se eleva desde la sencillez de lo cotidiano para lanzarnos aquellas preguntas que son incomprensibles para la mente y que el corazón debe asimilar.

La obra arranca con la convalecencia de una mujer en un hospital de Nueva York. Su madre viene de lejos para cuidarla y se queda durante 5 días. Hasta aquí todo normal, pero son dos personas que hace muchos años que prácticamente no se tratan pues habitan en dos mundos diferentes.

Es toda una delicia observar cómo las dos van tanteándose poco a poco, dando pequeños pasos para tratar de aferrarse al vínculo familiar madre-hija y poder conectarse por encima de sus respectivos mundos. No es tarea fácil ya que hay muchas cuentas pendientes entre ambas.

Así pues, a partir de conversaciones aparentemente inocuas entre las protagonistas, sobrevuelan los temas que las marcan a fuego y que no se atreven a reabrir de lleno:  la falta de cariño, la huida, la traición, la pobreza de espíritu. Su manera de abordarlos ha definido  su identidad y sus perspectivas de futuro.

Lucy es un personaje muy interesante ya que aunque a primera vista su carácter nos parezca dominado por la sencillez, en realidad es muy complejo. Porque ha tenido que tirar para adelante sola. Ha debido desligarse de su familia para poder ser ella misma, pero eso no implica que deje de quererlos.

Su convalecencia la obliga a parar y le permite reflexionar qué es lo que quiere y a qué ha renunciado. En qué ha fallado y a quien ha perdido por el camino. Y una reflexión que se produce en la cama de un hospital puede poseer la fuerza suficiente para mover los cimientos de cualquier existencia.

De ahí que sienta la necesidad de tender puentes hacia su madre. Aunque no la entienda, aunque sean diferentes, aunque le cueste tan sólo recordar muchas cosas de su infancia.

Strout también quiere dar un mensaje muy claro: nadie es superior a nadie por mucho que algunos intenten decir lo contrario. La pobreza en las condiciones materiales no implica inferioridad en cuanto a nuestra condición de seres humanos. Porque la grandeza no se mide por el dinero, se mide por la capacidad de amar.

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