La vida sexual de las gemelas siamesas

Autor: Irvine Welsh. Editorial: Anagrama. Páginas: 392.

Sin frenos

Leer La vida sexual de las gemelas siamesas es  ir  a toda velocidad en un coche que no tiene frenos. Queda claro que Irvine Welsh muestra una clara predilección por el exceso y por lo políticamente incorrecto. En la obra aparecen constantemente palabras malsonantes y además no hay reparo alguno en detallarnos varias  escenas de sexo duro que rozan el sadomasoquismo. Si critica, lo hace de manera contundente, clavando el cuchillo siempre hasta el fondo. Lo suyo no es quedarse a medias tintas.

Respecto al argumento, Lucy Brennan es una entrenadora personal residente en Miami encargada de ayudar a perder peso a sus clientes. Vive por y para mantener una figura atlética  y tiene un odio visceral  hacia la gente obesa. Sus conocimientos de artes marciales y boxeo la llevan a evitar una tragedia cuando en medio de la carretera se encuentra con un hombre armado dispuesto a disparar a dos hombres indefensos. Consigue reducir al pistolero sin que haya víctimas. Otra conductora, Lena Sorenson, graba con su móvil toda la escena, convirtiendo a Lucy en  una estrella mediática. Y Sorenson queda deslumbrada por Lucy pidiéndole que sea su entrenadora personal.

Teniendo en cuenta el estilo explosivo y canalla que gasta Welsh, me lo imagino frotándose las manos para poner sobre el tapete los vicios y la hipocresía presentes en la sociedad americana. Seguro que pensaba “Os vais a enterar. Me voy a despachar bien a gusto sin importar las consecuencias”. En su punto de mira aparecen la obsesión por tener una figura  atlética, los excesos con la comida,  el circo en que se han convertido los medios de comunicación, el egoísmo, la falsedad y la superficialidad, entre otros. Y las balas que dispara sobre estos temas convierten a su crítica en feroz y corrosiva.

No obstante, aunque el autor luce nervio y fluidez en todo momento, la novela pide estar un poco más ligerita de páginas Hay veces que se recrea demasiado en clavar sus estacas. Y además, el personaje de Lucy peca en muchos momentos de predecible y maniqueo. No está dotado de la complejidad que presenta el de Sorenson.

Precisamente con ella, Welsh se autoimpone la contención y nos enseña que fuera de la prosa torrencial y alocada, también sabe narrar  magistralmente con un tono  calmado y sereno  para mostrarnos un personaje con sus luces y sombras que se intenta levantar de sus caídas.

Pero no hay que llevarse a engaños. Quien suba al coche de Welsh debe estar preparado para ver como tira el pedal del freno por la ventanilla. Ya lleva muchos años prescindiendo de los frenos y no se ha estampado aún, aunque varias veces estuviera muy cerca. No dejará de ser en cierto modo, una experiencia divertida con un canalla al volante.

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